Fotografía: Leobardo de la Cruz

Entre el llano en llamas y los volcanes circundantes a Zapotlán El Grande, vive Leobardo de la Cruz y su familia. La comunidad se llama San Isidro y está enclavada en Jalisco, donde crecen sus milpas que cosecha en diciembre y enero

Durante estos meses, en punto de las cinco de la mañana y tras un buen café y el sabroso desayuno que Irma su esposa prepara, sale junto a sus hijos David y Manuel rumbo a las parcelas, pues sabe que es clave cosechar su maíz criollo negro cuando “la luna está sazona”.

“Después de luna llena hay que esperar tres días a que esté, como le digo: ‘sazona’, ni llena ni nueva”, explica el jalisciense de 53 años, padre de cuatro hijos.

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Fotografía: Roberto Antillón

APRENDER DE LAS EXPERIENCIAS

Remedios para la tierra, lombricomposta y composta común son parte del sistema de cultivo que aprendió de Manuel su papá, cuando desde los 10 años comenzó a ayudarlo en el campo.

Peón en la Hacienda San Isidro, vio como su padre “sembraba a medias”, pues como me narra, entre las tiendas de raya no les tocaba nunca maíz, frijol o calabaza.

“Nos quedábamos con los ‘puros suelos’ o las sobras de las cosechas. Con eso hacíamos nixtamal y comíamos”, recuerda.

“Mi padre me enseñó a trabajar sin abono, pero al tener mis tierras la Revolución Verde me atrapó y comencé a usar fertilizantes químicos, que fue el más grande error”, cuenta. Durante esta época la constante fue deberle al banco y depender de otros.

En el año 2000 Leobardo pudo salir de esta situación al integrarse a los Encuentros de Intercambio de Saberes Campesinos para trabajar con herramientas que la propia naturaleza da, y alejarse de maíces híbridos y fertilizantes químicos.

“La primera asamblea fue en Juanacatlán, junto con la Red de Alternativas Sustentables Agropecuarias (RASA) del Iteso, y apoyados por Jaime Morales que, poco a poco, fue sumando campesinos no sólo de Jalisco, sino de todo el país”.

“Desde ese año regresé a lo que mi padre me había enseñado y le sumé lo que mis compañeros me recomendaron. Hablamos el mismo leguaje y coincidimos en que se debe actuar con conciencia; los químicos dañan la tierra y no actuar sólo nos llevará a deteriorar más el medio ambiente cuando hay otras formas de cultivar, dando vida y esperanza”, enfatiza este hombre orgulloso de sus milpas, donde crecen frijoles milperos que cosecha en diciembre, y calabazas.

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Fotografía: Wendy Pérez

REGRESAR A LAS RAÍCES

Llegar a sus parcelas es descubrir un ecosistema único y resiliente, que a pesar de encontrarse rodeado de cultivos híbridos de maíz y muchos de aguacate, resiste.

En sus terrenos ha construido, por décadas, un escenario que integra árboles nativos, entre ellos huizaches, guamuchiles y parotas, que sirven de barreras de viento para sus maíces.

Los árboles con vaina, dice, son generadores de nitrógeno, y como campesinos sabemos que esto es perfecto para controlar plagas y nutrir la tierra.

“No tener un monocultivo también ayuda a la diversidad de animales, pájaros, codornices, culebras, todos son necesarios para generar equilibrio y proteger el planeta, no podemos ser egoístas.

“Es posible transitar de lo híbrido a lo natural, y es una forma de no trabajar para otros”, añade.

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Fotografía: Leobardo de la Cruz

AL FUTURO

Apoyado, sólo los domingos, por algunos compañeros de Copala, Jalisco, es como Leobardo, David y Manuel levantan principalmente maíz negro, y algunas variedades de blanco, amarillo y rojo que usan para su banco de semillas.

Canastos y pizcalones son herramientas que emplean para recoger cada uno seis costales de maíz por jornada, que son desgranados y empaquetados para que lleguen a la cooperativa que genera las Tortillas de Maíz Diodata, y que se reparten en la Zona Metropolitana de Guadalajara.

“Pasar el conocimiento es importante, por eso debemos seguir los encuentros y apoyarnos en compartir semillas”.

Actualmente está experimentando con una variedad a la que llama “ojeras”, que produce maíces con hojas muy grandes, y que sus colegas le han comentado se da bien en la cercana Copala.

“Ya que levantamos todo dejamos entrar a las vacas para que se coman el rastrojo y, a la vez, beneficiarnos de su estiércol como abono, para en mayo comenzar a preparar la tierra y en junio sembrar; pues repito, sólo se debe mover la tierra cuando la luna está sazona”.

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Fotografía: Leobardo de la Cruz

Este hombre, que lamenta no poder vivir aún de sus parcelas ya que ha tenido que laborar en agaveras y hasta pizcando tomate, tiene sueños para cuando se jubile, y son muchos.

Uno que me cuenta mientras caminamos por sus milpas es construir una cabaña y venirse a vivir con Irma, pero especialmente lo motiva algún día lograr establecer una Escuela del Maíz, donde niños y jóvenes aprendan sobre este valioso legado.

“A mí me gusta enseñar, lo hago con gusto. Los niños hoy en día no saben de dónde viene el maíz y se debe hacer algo para que no se pierda esta cultura”, resalta. Pasión que ya heredó a David, que egresado de abogacía quiso volver al campo.

Leobardo tiene la esperanza que las cosas cambien, que muchos productores vean que es posible regresar a los cultivos nativos, como él lo hizo. Y tiene fe que los consumidores valoremos la diferencia entre un maíz criollo como el que produce, frente a los híbridos que dominan los mercados.

Al final sabe que el esfuerzo también se traducirá en un atole, sopitos, tamales o el pozole de maíz negro que alimenta a su familia, y que surge gracias al esfuerzo que ha impuesto en sus parcelas, a las que desea llamar Rancho Edgady, como una de sus hijas.

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Fotografía: Wendy Pérez

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